No tengo ni idea de cĂłmo manejar un balĂłn de fĂștbol.

Los pies de los futbolistas usan cada uno de los huesitos pequeñitos como canicas y es con esos movimientos que se pueden hacer las proezas deportivas que la gente aplaude en los mundiales. No saber mover mis pies para manejar un balĂłn impide que me asombre o maraville por las hazañas deportivas del fĂștbol: no puedo imaginar la dificultad y por eso tampoco entiendo el mĂ©rito.

Pero no se trata solamente de que yo sea torpe o descoordinada (lo soy). TambiĂ©n aprendĂ­ a ser mala en los deportes a propĂłsito. Cuando era niña me encantaba correr, trepar a los ĂĄrboles, patinar por la acera llena de baches de la cuadra de la casa de mi abuela, sin miedo a caerme y abrirme las rodillas, que por esos dĂ­as vivĂ­an en carne viva permanente. A medida que fui creciendo vi cĂłmo otras niñas dejaban esos juegos bruscos para sentarse a hablar en rondas o jugar con muñecas. Fue por ese entonces cuando empezaron a decir que yo era “marimacha”. Y, aunque no entendĂ­a por quĂ© eso era malo (de hecho, no tiene nada de malo) sĂ­ recibĂ­ el mandato de que debĂ­a feminizar todos mis movimientos hasta ser, o mejor dicho, moverme como “una señorita” (es decir, como una femme, un rol de gĂ©nero que nos imponen a las mujeres, especialmente a las heterosexuales).

Hay una torpeza deliberada en los deportes que estĂĄ amarrada a la construcciĂłn de lo femenino. El Ășnico deporte en el que brevemente he sido buena en mi vida ha sido la nataciĂłn, tomĂ© clases a los 7 años y como era larga de brazos y piernas podĂ­a nadar muy rĂĄpido 🏊. Un dĂ­a esas mismas chicas de la cuadra se burlaron de cĂłmo me veĂ­a con el gorro de nataciĂłn: “pareces un hombre”, me dijeron, y la amenaza me quedĂł tan clara que le pedĂ­ a mi mamĂĄ que me sacara de clases de nataciĂłn. Esos mĂșsculos de mi espalda y mis brazos que se habrĂ­an desarrollado para ser de mi una buena nadadora, no los he vuelto a usar desde niña. Hoy me muero del miedo de nadar en lo hondo, en parte porque sĂ© que mis brazos, flacos como ramas, no aguantan en la corriente y que bajo el agua no duro mĂĄs de dos minutos.

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En el colegio todas las clases de deporte estaban segregadas por gĂ©nero. No necesariamente era intencional, pero todos los hombres se metĂ­an a Baseball y las chicas a Gimnasia OlĂ­mpica. En los 12 años que estuve en el plantel, solo una chica se atreviĂł a jugar fĂștbol âšœ con los hombres. MarĂ­a era hija de una profesora, y desde primaria mostrĂł que era buenĂ­sima para los deportes. En recreo jugaba con los chicos como delantera, mientras nosotras la veĂ­amos desde la barrera, sentadas como señoritas en una ronda, entre maravilladas y compasivas porque en el fondo sabĂ­amos que esa gran habilidad para los deportes le iba a costar en lo social. Y le costĂł. Durante muchos años hubo rumores de que era lesbiana (lo cual no tiene nada de malo pero sĂ­ era una amenaza de discriminaciĂłn) y esos rumores hacĂ­a que en otros momentos la trataran como si fuera “diferente” a las demĂĄs chicas de su salĂłn. NingĂșn chico en su sano juicio invitarĂ­a a salir a una mujer que era mejor jugando fĂștbol que Ă©l.

En LatinoamĂ©rica hay un gran tabĂș social que impide que pensemos el deporte como una opciĂłn profesional. Es mĂĄs, cuando pensamos en “mujeres + deporte” las primeras imĂĄgenes que llegan al google search de nuestra memoria son de porristas o de chicas voluptuosas que asisten al estadio con versiones pequeñísimas y apretadas de las camisetas de su equipo 👕. Y por eso, aunque muchos de los equipos de fĂștbol femenino en LatinoamĂ©rica son muy buenos, no reciben financiaciĂłn, patrocinios de la empresa privada, y rara vez llenan estadios con sus partidos.

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En Colombia, las jugadoras de fĂștbol profesional estĂĄn tan ignoradas que, por ejemplo, cuando se lanzĂł la Ășltima camiseta de la SelecciĂłn Colombia, Adidas se la mandĂł a varios deportistas destacados colombianos para que se tomaron foto con la camiseta puesta para sus redes sociales. Solo tuvieron en cuenta a una mujer: Paulina Vega, ex Miss Colombia y ex Miss Universo (foto publicada en su cuenta de Instagram @PaulinaVegaDiep) y no se la mandaron a ninguna de las integrantes de la selecciĂłn femenil. Esto simbĂłlicamente es muy fuerte: las mujeres que queremos ver “con la camiseta”, son modelos, reinas de belleza y no jugadoras. Y esta intuiciĂłn se corrobora con que probablemente las mujeres que van “con ropa sexy” a ver los partidos tienen mĂĄs tiempo al aire que las jugadoras de la selecciĂłn de fĂștbol colombiana cuyos partidos ni siquiera los pasan en la televisiĂłn nacional

Screenshot: Instagram

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Ser buena jugadora de fĂștbol tiene que ver tanto con tus habilidades natas como con tu contexto social. Por eso, en LatinoamĂ©rica pocas niñas sueñan con ser jugadoras de fĂștbol profesional, y no le hacemos caso a nuestras futbolistas profesionales. Las deportistas, para ser exitosas, se tienen que enfrentar a los prejuicios sociales que les dicen que hay una disyuntiva -falsa- entre ser femenina y ser buena en los deportes, para luego descubrir que no tienen financiaciĂłn, que sus sueldos son absurdamente exiguos en comparaciĂłn con sus pares varones y que los patrocinios son tan escasos que a veces ellas mismas se tienen que costear los viajes para jugar en otros paĂ­ses.

En Estados Unidos las mujeres no estĂĄn excluidas de jugar fĂștbol en recreo, ni les dicen marimachas en el colegio como sĂ­ sucede en LatinoamĂ©rica. Por un azar cultural: que el fĂștbol americano ya era entendido como el deporte “de los machos”, y el fĂștbol (o soccer como le dicen allĂĄ) se entendiĂł desde el principio como un deporte “mĂĄs suave” y por eso lo ven como un “deporte de mujeres”. De hecho, tienen jugadoras de fĂștbol hasta en la ficciĂłn y estas son encarnadas por mujeres que se consideran hermosas como Keira Knightley en ‘Bend it Like Beckham’ o Blake Lively en ‘The Sisterhood of the Traveling Pants’. Estas concepciones culturales tienen efectos reales: la selecciĂłn de mujeres en Estados Unidos tiene un rendimiento mil veces mejor que sus pares varones. La idea de que el fĂștbol es “cosa de mujeres” inmediatamente logra que haya mejores jugadoras.Y no solo eso, tambiĂ©n las empodera. Por eso las jugadoras profesionales estadounidenses se animaron a poner una demanda (presentada por Alex Morgan, Carli Lloyd, Megan Rapinoe, Becky Sauerbrunn y Hope Solo) para que les pagaran lo mismo que al equipo de hombres. ÂżEl argumento? Que el equipo de mujeres ha ganado tres mundiales y cuatro medallas olĂ­mpicas consecutivas mientras que la selecciĂłn de varones pierde el 60% de sus partidos. Las estadounidenses ganaron el Ășltimo mundial de fĂștbol femenino y el equipo de varones de Estados Unidos ni siquiera estarĂĄ en Rusia.

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Es hora de que en LatinoamĂ©rica empecemos a construir formas de feminidad que no impliquen la torpeza, la delicadeza o la debilidad fĂ­sica. Tenemos que inventarnos una feminidad que no le quite potencia a nuestros cuerpos, que nos deje explorar cuĂĄntas cosas podemos hacer con nuestras piernas y nuestros brazos sin que eso ponga en duda nuestro potencial romĂĄntico. Porque la amenaza, por absurdo que parezca, es esa: “Si eres una mujer heterosexual y no posas como femenina no le vas a gustar a ningĂșn hombre”. Pero la premisa deberĂ­a ser otra: “¿De verdad quiero gustarle a un hombre a quien le tengo que aparentar que mi cuerpo es dĂ©bil?”. Lo bueno es que esto estĂĄ cambiando, ese estigma de que las mujeres no podemos ser buenas en los deportes ni interesarnos en ellos va desapareciendo a medida que los roles de gĂ©nero se hacen menos rĂ­gidos. TambiĂ©n ha perdido poder esa amenaza de que si no nos portamos de x o y manera no vamos a encontrar el amor, ÂĄal carajo el amor!, muchas estamos mĂĄs interesadas en encontrarnos a nosotras mismas y otras han descubierto que, al igual que los hombres, el amor de su vida puede ser un balĂłn.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicaciĂłn en nuestro blog como una contribuciĂłn al debate pĂșblico. La(s) visiĂłn(es) expresadas allĂ­ pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visiĂłn de Univision Entretenimiento o la de su lĂ­nea editorial.