Fútbol es lo de menos

Mi primera vez en ‘El Ángel’

Perdonen el inicio dramático de este post, pero la primera vez que escuché la palabra ‘violación’ y medio entendí lo que quería decir, fue durante un Mundial.

Echándole cuentas, se me hace que fue en el de Estados Unidos 1994, cuando yo tenía 10 años. México le ganó a Irlanda y la afición fue a festejar a ‘El Ángel (de la Independencia)’. Las imágenes salieron en un noticiero. No es que tuviera muchas ganas de unirme a la pachanga que se transmitía por televisión, pero de todos mi mamá me dijo que era muy peligroso ir a esas celebraciones masivas, porque violaban a las mujeres.

La advertencia se quedó muy bien grabada en la parte primitiva de mi cerebro, la del miedo. Hoy me pregunto de dónde vino su afirmación, si de alguna fuente periodística o del conocimiento empírico de cualquier mujer viviendo en un país como México: si hay una masa de hombres que se sienten empoderados (en aquel caso por los goles de Luis García, dato cortesía de mi novio futbolpédico), y posiblemente borrachos, ni te acerques. Me imagino que un abuso sexual, en aquella época y en esas condiciones, ni siquiera hubiera sido noticia y las propias autoridades capitalinas se hubieran burlado de la víctima. En efecto, no sonaba como la mejor idea (y qué rabia, porque el festejo siempre debió ser para todos).

En fin. Hoy sé que las violaciones están muy lejos de erradicarse, pero las condiciones de la sociedad chilanga han cambiado radicalmente y asistir a festejos en ‘El Ángel’ ya es de lo más normal. La ciudad es mucho más segura que en los noventa, cuando a un enorme sector de la clase media le espantaba la sola idea de acercarse a esa área “peligrosa” (la gente tampoco salía mucho de sus colonias). Ahora, las reuniones se prevén y hay policías 👮 (que ya se sabe que no son los mejores aliados para combatir la violencia de género, pero por lo menos intimidan a los agresores). También tenemos más claro que disponer de los cuerpos de las mujeres está mal y que es un delito, y aunque el 30% de los hombres violaría si no hubiera consecuencias legales, saben que en un lugar público alguien podría grabarlos, que las denuncias ya no se toman tan a la ligera y que quizá ya no contarían con el apoyo incondicional de la masa, la cual es más diversa y familiar.

Por eso, el sábado pasado que México le ganó a Corea, decidí ignorar aquel temor primitivo e ir, por primera vez en mi vida, a festejar a ‘El Ángel’. Porque aunque los futboles no me importen, sí me interesa reclamar las calles y resignificar las tradiciones en mi cableado sociomental.

(Paréntesis vergonzoso: la verdad es que ya había ido una vez, pero después de un Super Bowl. En 2006 andaba con un güey que, después de nuestro rompimiento, pasaría a ocupar el título de ‘El exnovio malvado’ en el sitcom de mi vida. Era muy fan de los Steelers —?— y me llevó con él y una bola de fans del fútbol americano a darle vueltas al monumento. Fue un nonsense total pero, la neta, sí estuvo divertido).

Lo mejor fue que el triunfo coincidió con la concentración para la marcha del orgullo 🌈LGBTI+, a la que de todos modos pensaba asistir, así que sería matar dos pájaros de un tiro.

Al llegar noté que los dos grupos estaban divididos. Del lado norte, los futboleros; del lado sur, la banda diversa. Confieso que fue difícil mantenerme con los primeros, ataviados con aburridas camisetas verdes, cuando a unos cuantos metros resplandecían los carros alegóricos, las flores, los globos, las plumas, los tocados gigantes, las botas de plataforma con colores de caramelo, las pelucas y las banderas de arcoíris.

En esas estaba, contando los minutos para irme con el sector glitter, cuando alguien me roció con espuma en aerosol, lo cual me hizo exclamar “¡Estúpida, mi pelo, idiota!”, porque mis rizos fabulosos son muy sensibles a las sustancias químicas de dudosa procedencia.

Ash.

Con el pelo ya todo pachiche, estuve un ratito más entre la gente futbolera pero nunca logré contagiarme del entusiasmo. Ni siquiera pude simularlo, soy pésima actriz. Fútbol, perdón, no eres tú, soy yo. Además, el imán del arcoíris era demasiado poderoso. Lo que sí me llenó de alegría fue ver la inesperada amalgama entre las dos celebraciones: perritos con camiseta de la Selección y collar de florecitas multicolor, familias que llevaban las dos banderas (la de México y la de la diversidad), la pandilla LGBTI+ que también aprovechó la convergencia de eventos y cargó, al mismo tiempo, una copa de yeso pintada de dorado y un báculo con lucecitas (ambos productos disponibles en los puestitos que se instalaron en los alrededores, porque ya ven que el mexicano es buenazo para vender memorabilia coyuntural).

¿Me sentí en peligro? ¿Resonó dentro de mi cabeza la antigua advertencia de mi mamá? Para nada. Fuera de la amenaza de la tonta espuma, percibí la glorieta como un espacio seguro.

Pero no podemos tener nada bonito y este texto no tiene un final tan feliz.

Después de mi experimento, fui a lo que iba, a ser la amiga heteroconsciente que apoya la diversidad. Caminé todo Reforma y llegué al Zócalo. Toqué base y decidí salir del Centro para reunirme con amigos que habían quedado rezagados. Sin embargo, se hizo un nudo horrible de gente sobre avenida Juárez, la vía de acceso al primer cuadro de la ciudad, porque el desfile continuaba y mares de gente seguían entrando, mientras que los tempraneros como yo ya íbamos de regreso. Aquello parecía el metro en hora pico. Normalmente no habría sido un problema, porque la marcha se trata de tolerancia, amor y cuidarnos entre nosotros. Lo malo es que había muchos futboleros que se habían colado, que para esa hora ya andaban bien borrachos y que estaban enrareciendo el ambiente, bien feo. Entonces se prendieron todas mis alarmas de mujer en la ciudad: cuida el teléfono, cuida la cartera y cuida tus nalgas.

Los de playera verde empezaron a empujar y crear tsunamis de humanos, simplemente por joder, como aquel personaje de Héctor Suárez que rompía cosas porque “ps nomaaaás”. Y había unos machos que de plano estaban malvibrando, morbosenado a las lesbianas, riéndose de “los jotitos”, haciendo chistes transfóbicos. Todo mal. Y ni cómo escapar, porque estábamos como sardinas. Un pendejo me miró con lascivia, asqueroso. Le sostuve la mirada y me la empezó a hacer de pedo: “¡¿Qué me ves?! ¿Me vas a dar de comer?” (juro que eso dijo). Yo nada más atiné a alertar a las personas a mi alrededor: “¡Aquí hay un buga violento, cuidado!”.

Afortunadamente el mar de gente se lo llevó y el incidente no pasó a mayores. Sin embargo, me di cuenta de que, dos décadas después, las palabras de mi mamá no han caducado del todo. Me vi muy ingenua al pensar que las aglomeraciones de hombres borrachos enfutbolados ya son seguras. Y eso es mayor razón para no dejar de ir a ‘El Ángel’ y reclamarlo como nuestro, como un territorio de parrandas efímeras al que mujeres y personas con orientaciones e identidades fuera de la norma tenemos igual derecho. Y, ya que andamos con el pliego peritorio, de preferencia que erradiquen la espuma esa a menos que sea libre de sulfatos, parabenos, petrolatos y siliconas.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestro blog como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Entretenimiento o la de su línea editorial.

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Plaqueta

Plaqueta es una chilanga que escribe, se pelea en internet, sube fotos de sus gatitos, viaja, compra cosas que no necesita y cuenta chistes bobos. Sus temas son feminismo y la Ciudad de México.