Fútbol es lo de menos

El rugido que los hace animales

Analicemos esto del ‘hombre que mira el fútbol’.

Y oye, no es que nosotras no tengamos nuestros rituales tan femeninos como cuasi infantiles, pero en pleno Mundial, eres tú, querido, mi objeto de fascinación, curiosidad y seguro también de rechazo. Ya sabes, lo típico de entre ustedes y nosotras que amamos odiar. Veamos.

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Cuando él ve un partido de fútbol hace muchas cosas curiosas. La fijación enfermiza por el uniforme (en serio, ¿a quién le importa cómo era la camisa de Johan Cruyff en el Mundial del 74?), el tamaño del televisor (¿hay límites?) o el conocimiento absoluto de los jugadores y las estadísticas (lo digo solo porque vaya que son olvidadizos para otros temas ‘banales’); pero eso no es todo.

He descubierto un detalle que me es especialmente atractivo en ese ser extraño que es ‘él viendo fútbol’, una veta cavernícola de nuestros queridos objetos de estudio que brota en pleno éxtasis futbolero. Lo he denominado ‘el rugido’🐻.

Es un sonido que usted no escuchará en ningún otro contexto que no sea el deportivo, especialmente en medio de un partido de fútbol, (salvo que el hombre en cuestión tenga una personalidad desequilibrada, pero ese es otro problema).

Se trata de un proceso bastante físico, espectáculo que dividiré en tres actos para fines didácticos (todo pasa bastante rápido).

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Etapa inicial: El silencio y la vista tubular

Al principio del partido todos éramos amigos: los invitados, la pareja y hasta el contrincante. De repente, en un segundo, la cordialidad se acaba y no hay más contacto visual, la mano antecede la palabra y ya sabemos que el mundo se ha detenido para el hombre (o el grupo) en cuestión.

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Etapa intermedia: El rebuzno sobre pierna en movimiento

Si él está de veras metido en esto, colocará en algún punto del partido un codo sobre la rodilla mientras esta tiembla incesantemente (ya me dio dolor de cabeza y un poco de ansiedad).

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El temblor, que parece eterno, se interrumpe cuando pasa algo importante. Ve a preguntarle qué fue, ¡o mejor no!, ni se te ocurra interrumpir si no estás en ese estadio mental (o mentalmente en el estadio) y no tienes un cierto ronquidito gestándose en la garganta, aka, ‘el rugido’ en punto de ebullición.

Etapa final: El estruendo

  1. Golpe a la mesa (desenlace decepcionante): “Noooooooo”, en ese tono oscuro, profundo, de las cavernas. Las manos han pasado de las piernas, a la cara, al pelo… (si él no tenía arrugas de expresión -no que le importe-, seguramente se acaba de dibujar un surco).
  2. Victoria: móntese sobre la mesa (se acaban de perder los papeles): ”GOOOOOOO” (la ‘L’ se ha quedado en la garganta) “GOOOOOO”.
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En caso de celebración, el rugido alcanza su mayor intensidad (tu hombre ha completado la mutación). Parece eterno, miles de brazos se dan palmadas que podrían matar a cualquiera, los ojos se salen de órbita y todo se escucha como un profundo ladrido común que culmina con ellos entre el éxtasis y el ridículo después de la explosión, volteando de reojo a ver si el público aprueba el estallido. Imagino que se preguntan: cómo pasamos de aquí (la locura) a sentarnos de nuevo en la silla y mirar con atención 22 jovencitos pateando un balón.

Y al fin entiendo por qué estamos nosotras aquí: tenemos celulares a tiro, si hay rugido, hay ‘rec’. Somos quien mira, quien registra orgullosamente el fenómeno. Ah bueno, también para unos selfies que llenen Instagram. Nos hemos arreglado para la ocasión, ¿no?.

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El rugido es un sonido cavernícola, imposible de replicar en un ambiente controlado. ¿Será que este extraño relinchar de la garganta, del pecho y probablemente de los huevos -sí, porque seguro tienen algo que ver en esta ecuación viril- quedó en el ADN masculino solo para celebrar los goles? Una tara genética que ha sobrevivido el paso del tiempo sobre todo gracias al Mundial. Gracias FIFA. Thank you, nature.

Es que claro una celebración así de física y así de profunda no pasará sino, tal vez, en la cama (aunque allí el rugido dependerá de cada perfil), este en cambio es compartido y bastante similar en todos ellos, como un aullido. Y los vemos gritar absortas -incluso entre risas- porque tal vez secretamente nos gusta también un poco esta guarrada masculina. Por eso queremos verlos, a ellos, (o al que ha metido el gol) por ese baile de testosterona, así, de gratis.

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Y al final de cuentas, por qué no nos sinceramos: ¿si nos gustara tanto el fútbol, por qué no vemos la final femenina de la Champions? ¿O por qué muchas menos seguimos los equipos femeninos mundialistas? Ah… es que esa no la siguen nuestros padres, novios y amigos con los que aprendimos a ‘amar’ el deporte. O más bien, a amarlo a ‘él (o ellos) viendo el fútbol’.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestro blog como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Entretenimiento o la de su línea editorial.

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