Fútbol es lo de menos

¿Dónde estabas cuando ganamos a Alemania?

A estas alturas, estoy segura de que todos ya tienen una respuesta bien preparada a la pregunta de: ¿Y tú, dónde estabas cuando ‘El Chucky’ metió ese golazo en el partido de México contra Alemania?

La mía todavía no me la creo: en una cantina al norte de Manhattan, bebiendo como cosaco desde tempranas horas y rodeada de un montón de desconocidos, todos hombres, la mayoría mexicanos y muchos demasiado borrachos para sostener una plática coherente. Es casi seguro que no los volveré a ver, pero por unos gloriosos minutos fuimos los mejores amigos del mundo mundial; chocamos nuestras copas, nos dimos abrazos y gritamos al unísono el célebre “¡sí, se pudo!”. Bastaron apenas dos horas –y un golazo– para experimentar en carne propia esa camaradería que contagia al llamado “sexo fuerte” al calor de las copas, frente a un televisor, y viendo a 22 tipos persiguiendo un balón.

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Pero ¿cómo fue que terminé ahí? Buena pregunta. La verdad no sé muy bien, porque la decisión de salir de casa para ver el partido fue poco razonada. En realidad, y como ya dije antes, no soy muy fan del fútbol que digamos, pero sí de la Copa Mundial como fenómeno patriótico-social. Por eso mismo sentí que debía de ver el partido con los fans de verdad, porque además no era cualquier partido; era el estreno de México y además contra el vigente campeón del mundo. Todos los presagios eran nefastos. A mi novio le interesaba el juego, pero no le encantaba la idea de salir tan temprano y mucho menos sin saber a dónde ir, así que tomé la bici y me aventuré por las calles de Manhatitlán.

Me decidí por Picante, un restaurante pequeño y muy poco pretencioso en mi barrio, Hamilton Heights, donde todavía se puede comer relativamente bien sin gastar una fortuna. La comida no es nada del otro mundo, pero sus dueños se han esmerado en su decoración, cubriendo las paredes con una bizarra mezcolanza de sarapes, banderas mexicanas, retratos de Frida Kahlo y hasta una caricatura de Donald Trump.

Eran poco más de las 11 de la mañana y los paisanos ya abarrotaban el lugar. Hacía un calor infernal y no había aire acondicionado, pero rolaban las cubetitas con chelas bien heladas y dominaba el verde de las camisetas y el tricolor de las banderas. Era muy temprano para beber, pero pues jugaba México y era domingo y… pues jugaba México. Pedí una copa de vino blanco (sí, sorry, tampoco soy cervecera) y justo entonces me di cuenta de que, salvo la dueña del lugar (que también trabajaba la barra), yo era la única mujer. Apenas ahí también me cayó el veinte del porqué de tantas atenciones y tantas ofertas de sillas, bancos y huequitos en la barra que me hicieron mis conciudadanos. Me veían como bicho raro y seguramente preguntándose qué mosco me habría picado para ir a caer sola en una cantina repleta de machos.

Al principio me sentí un poco incómoda, pues tan pronto me acomodé en el bar, un tipo muy pasado de copas se acercó a mí y balbuceó varias incoherencias de las cuales solo entendí una palabra: “Pendeja”. Me dio algo de rabia, pero decidí ignorarlo porque supe que estaba borracho, así que opté por sentarme lo más lejos posible suyo. Confieso, sin embargo, que también pensé en salir corriendo de ahí. ¿Dónde estaban las esposas, novias o amantes de todos estos tipos?

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En esas estaba cuando ocurrió el milagro… 🙌

En el minuto 35 del primer tiempo, un gol de Hirving ‘El Chucky’ Lozano hizo estallar el lugar en gritos, silbidos y saltos eufóricos. La camarera se portó a la altura con una ronda de chelas “para la banda” y un refill de Pinot Grigio para una servidora; chocamos nuestros vasos, copas y nos dimos muchos high-fives. Más de un paisano dejó caer una lagrimita 😢, y supe también que no era solo por el gol; era por estar ahí, en un trocito de México, el terruño al que muchos no pueden volver tan seguido como quisieran y donde seguramente han dejado un amor, unos nenes y mucha, mucha historia. Pasé apenas dos horas ahí, pero fueron suficientes para contagiarme de esa catarsis que hacen posible 22 tipos en una cancha persiguiendo una pelota.

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Cuando el árbitro declaró que el balón no rodaría más, nos volvimos a encontrar en esa euforia colectiva, pero ya también para entonces, los borrachos estaban el doble de borrachos y los abrazos amenazaban con ser más eufóricos - y más apretados. Seguía siendo yo la única mujer y no me daba el cuero para tanta afección con perfectos desconocidos. Aún así, me alegro de haberme quedado, porque durante un ratito ese domingo fui testigo de cómo ese elusivo sueño americano que tantos vinimos a perseguir se hizo realidad, pero en color verde, blanco y rojo... y con forma de balón.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestro blog como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Entretenimiento o la de su línea editorial.

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About the author

Laura Martínez

Laura Martínez vive en Nueva York. Se siente periodista entre los blogueros, bloguera entre los periodistas y muy a gusto en su casa.